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Ricky se hace hombre

Paco Vázquez realiza una semblanza de cómo irrumpió Ricky Rubio, a los 14 años, en el vestuario del Joventut cuando el escolta de El Masnou acaba de alcanzar la mayoría de edad.

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VMT -10:07:44 - 27/10/2008

Marc Rubio debutó a los 16 años en ACB con el Joventut. Su hermano pequeño, Ricky se acercaba a las gradas para verle entrenar con la primera plantilla dirigida por Aíto. Un buen día faltaban jugadores y el técnico madrileño vio a aquel niño en la grada. Ya tenía referencias de su desparpajo y le invitó a bajar a la pista. "Impresionó tanto su templanza y la cabeza que tenía que le dijeron que siguiera. Y hasta hoy". Es Paco Vázquez el que rebobina para centrarse en los primeros minutos de vida de una estrella. Dicen que la más grande de cuantas vuelan fuera del espacio aéreo de la NBA.

Al ibicenco del iurbentia le toca muy de cera "el ‘Nano’". Tanto que cuando debutó Rubio en la ACB (su récord de precocidad quedó cifrado en 14 años, 11 meses y 24 días), Vázquez telefoneó a su madre, Tona Vives, para pedirle permiso para que el imberbe se diera un garbeo con el resto del equipo para celebrar la victoria. "Es que era un niño. Eso de las salidas suponía un problema. La gente comenzaba a conocerle y claro, sabía que era menor de edad. Aunque no le dejábamos beber, ni él quería hacerlo, en los locales nos miraban de aquella manera porque entrábamos con un niño".

Se estaba forjando la leyenda. La cabeza privilegiada del base de El Masnou le llevó a acercarse a quien debía. Se fijaba en Bennett, en Paco Vázquez. Casi nunca había que corregir su corrección. Pero seguía siendo un niño. Mientras en los aeropuertos los jugadores se nutrían de revistas variopintas -desde coches a algunas que alegran la vista masculina de otra manera-, la lectura del joven Rubio se concentraba en sus libros de texto. La NBA ya sabía de sus andanzas y él acababa de recibir su primer teléfono móvil, no tenía tarjetas de crédito y combinaba el tren y el metro para estudiar por las mañanas en el Colegio Stucom -un centro sensibilizado con las necesidades de los deportistas de élite- antes de llegar al Palau tras la comida para recuperar el entreno matutino y enlazarlo con el vespertino.

Ricky Rubio comenzó a ser ‘alguien’ en el baloncesto en el Europeo cadete de 2006. España y Rusia dirimían las medallas. Una canasta suya fabricada en menos de dos segundos y teledirigida desde el medio del campo forzó la prórroga que prologó el triunfo final. En aquel partido, ‘Mowgli’ -apodo que surgió de un foro badalonés por el evidente parecido entre el jugador y el niño protagonista de las historias que Rudyard Kipling concentró en torno al ‘Libro de la selva’- acumuló 51 puntos, 24 rebotes, 12 asistencias y 7 recuperaciones. Ya había jugado mucho antes contra cadetes. Y al fútbol, deporte que dejó por no poder superar la soledad del delantero centro, puesto obligado por la altura. Tenía once años y jugaba contra muchachos que le sacaban un quinquenio.

Hijo de un ingeniero y de una ex empresaria, mediano de tres hermanos, Ricky Rubio ha necesitado hasta la pasada semana de sendos justificantes firmados por su madre cada vez que se ha tenido que saltar alguna clase matinal. Quería ser médico, pero todo apunta a que se conformará con seguir el camino de la preparación física en el INEF. A falta de dos asignaturas para acabar el bachillerato, tiene un programa de estudios personalizado que puede seguir ‘on line’, aunque ello le cuesta alguna petición de entradas por parte de algún profesor.

Dice que lleva bien la popularidad y se le dibuja en las antípodas de Rudy Fernández. "Parece que tienen las fechas de nacimiento cambiadas", dicen desde el seno de la Penya. Buena culpa de que a nadie se le pasara por la cabeza que pudieran peligrar sus estudios la tuvo, además de la familia, Aíto. "No quiere jugadores que sólo piensen en el baloncesto porque así no se limitan y pueden desarrollar más aptitudes", comenta Paco Vázquez.

El ibicenco no deja de repetir que el secreto de Ricky está encerrado en su "cabeza privilegiada". Saca la madurez en la cancha y se mantiene como un chico de su edad con su ropa ‘hiphopera’, gallumbos al viento sobre los vaqueros caídos. Un ipod y los libros de texto llenan su mochila personal. Y la ‘play’, claro. No ha descuidado nunca sus raíces y mantiene a su abuela materna como la número uno de sus fans. Le sigue por televisión la buena de Anna Shockel porque así puede gritar e insultar a los árbitros sin que nadie se percate de ello.

Los macarrones que le prepara su madre los días de partido figuran en el top de su incipiente ránking de manías y está a la espera de sacar el carnet de conducir "porque por contrato el club me tiene que poner uno".

A caballo entre Mowgli y Harry Pooter -aún circula por ahí una foto que le sacaron en un aeropuerto junto a una publicidad de la saga literaria-, ya es quien más botas y ropa recibe de Nike, su patrocinador deportivo. En lo futbolístico ha perdurado la herencia de su abuelo, que le convirtió al espanyolismo. Y en su físico destaca una descomunal envergadura (207 centímetros) para una altura de 1’91.

Sabe que algún día recalará en la NBA, quizá como número uno del próximo ‘draft’. No le importa, por ahora. Alucinó cuando Jordan preguntó por él en Barcelona y cuando Bird le tildó como una estrella. Ahora, tras el escaparate olímpico de la plata en Pekín, Chris Paul le ha asimilado ya como un amigo y sabe que no tardará mucho en medirse contra él en la pista de los Hornets. Ricky sonríe. "Hace un año los conocía como mis ídolos y jugaba con ellos en la ‘play’ y ahora hablan de mí y ya he jugado contra algunos de ellos". Y es que Mowgli ya se ha hecho hombre.

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