
El líder de la Vuelta al País Vasco, como Armstrong, es un ejemplo de recuperación para los enfermos.
VMT -09:04:51 - 09/04/2008
El público siempre gravita sobre el autobús del líder. Quieren verle. Imán amarillo. Dentro, al amparo de los cristales tintados, los ciclistas hacen del bus una guarida, sucedáneo del hotel. Abajo esperan las manos que suplican autógrafos. Entre ellas hay una silla de ruedas. Un hombre amarrado a ese asiento, con un brazo trémulo, víctima de un terremoto interior. Su familia quiere un fotografía con Contador. El madrileño baja de inmediato. Se acuclilla, posa, saluda y le sonríe. Conoce el valor de ese gesto. Su hermano pequeño también vive así: anclado en un mundo de dos ruedas. Y así pudo quedar recluido el propio Contador por su congénita enfermedad cerebral. Contador, como Armstrong ante el cáncer, es un milagro en piel. Una boya a la que amarrar la esperanza de tantos enfermos.
Mientras se dirige al control de firmas de Legazpi, el líder para junto al autobús del Euskaltel-Euskadi. Cruza manos con Miguel Madariaga. Un apretón con recuerdo. Fue el mánager del equipo vasco el primero que bajó del coche para atender a Contador cuando sufrió el primer ataque de la enfermedad (cavernoma cerebral), en la Vuelta a Asturias 2004. Aquel temblor. Del vehículo del Euskaltel desciende Igor Antón. La suya es una dolencia mucho menor. Una lesión. Pero el dolor en los tendones es terco. Le cuesta irse. Antón lleva tres semanas con esa dentellada. Su punto débil, como el de Aquiles.
Al escalador del Euskaltel-Euskadi las etapas se le terminan en una mesa de masaje. "Han traído una máquina de ultrasonidos. Me ponen hielo. Tengo unas vendas que me protegen...". Así cada tarde. "Cuenta con un osteópata a su disposición", apunta Madariaga. Todo. Y ni así termina de largarse la molestia. "La semana pasada apenas pude entrenarme. Sólo dos días. En el primero estuve hora y media pedaleando suave. En el segundo, ya forcé dos horas tras moto", cuenta. Con ese breve almacén de kilómetros se alineó el lunes en la Vuelta al País Vasco. Desencanchado.
"Me sorprendí"
Esta carrera examina pronto. El puerto de Deskarga fijó el listón. "Me sorprendí a mí mismo", reconoce el ciclista de Galdakao. Estuvo con los veinte que siguieron a Contador. "Me vi bien. Hombre, Alberto está muy por encima de los demás, pero yo me metí en el grupo que le seguía. Ni lo esperaba". Antón suele partir del fatalismo. Tiene tendencia a minimizar su clase. Y le sobra. Hay datos: el lunes, con sólo dos entrenamientos, domó Deskarga; en el primer repecho de su primer Giro (2005) arrancó con Di Luca y Bettini; en su primera Vuelta (2006) ganó a todos en Calar Alto. El ciclismo es una escuela de dolor. Eso del sacrificio. Sólo los elegidos son capaces de volar pese a las cicatrices o las lesiones. Como Freire, genio de cristal, tricampeón del mundo asediado por un manual anatómico de dolencias. Como Contador, la arrancada irresistible del Tour y de Deskarga. O como Antón, el escalador vendado.
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