
El italiano, que rompió la Klasika de Primavera en Montecalvo, batió al sprint al murciano en una edición abarrotada de público.
VMT -09:15:15 - 14/04/2008
Ahora que la UCI se empeña en ‘modernizar’ el ciclismo, basta con levantarse un domingo de abril y abrir dos viejas carreras (la Klasika de Primavera y la París-Roubaix) para comprobar que este deporte ya está inventado. Roubaix es una tarde de pavés y Amorebieta, una mañana de cuneta en Montecalvo. Parrilla, ‘bokata’, un trago y a romperse las manos cuando pasan los corredores. Ciclismo de tradición oral. A los belgas, las carreras sobre adoquines les cruzan por sus jardines. Crecen viéndolas. Botando. Más cerca, todos los ciclistas vizcaínos tienen en su memoria infantil escenas de Montecalvo. De una mañana de abril. Como la de ayer. Espléndida. A todo color. Bulliciosa. Decorada con un duelo de etiqueta: Cunego contra Valverde. Lucha estrecha. Sólo un palmo de asfalto se decidió por el italiano. En Roubaix fue parecido: media curva del velódromo se puso a favor de Boonen y contra Cancellara. Con peleas así se edificó el ciclismo. Dice la UCI que es una construcción caduca, vieja, que hay que viajar a China o Rusia, crear allá carreras. Tan lejos de Roubaix o Montecalvo. Del origen.
Del principio. La Klasika de Amorebieta comenzó como siempre. Con una fuga para ciclistas invisibles. Es su escaparate: pedalear cuando las televisiones están aún apagadas. Hacer méritos. Pasear los maillots de sus equipos. Llegar al primero de los tres pasos por Montecalvo. Disfrutar de la muchedumbre. La afición que se oye, que se respira. Aliento regalado. Botella de oxígeno para un ciclismo tan resquebrajado. Por esa pasarela rodaron ayer cuatro afortunados: Romero (Orbea-Oreka), Sarabia (Extremadura), Lasis (Dynatek) y Gutiérrez (Burgos Monumental). Ya pueden contar que un rato de la Primavera vizcaína fue suyo. Esa escena de abril.
El resto de la secuencia llevaba otros nombres. El Caisse d’Epargne (Valverde) y el Lampre (Cunego) elevaron el ritmo del segundo capítulo en Montecalvo. A muchos, la cuesta les subió hasta el cuello. Asfixia entre miles de voces de ánimo. El CSC, con Kolobnev y Sorensen, y el Euskaltel-Euskadi, con Rubén Pérez y Egoi Martínez, desenrollaron el ascenso y el descenso posterior a Autzagane. Su misión era evitar lo inevitable. El combate final a dos manos: Cunego y Valverde. Los del CSC, los del Euskaltel, más Jufré (Saunier Duval), Etxarri (Murcia) y Arroyo (C. d’Epargne) rotularon en primera persona el tercer y último paso por Montecalvo. Con ellos iba un vizcaíno nuevo, Castroviejo (Orbea). Hace nada estaba al otro lado del asfalto. En la cuneta, con las manos sacando humo. Ayer daba pedales. Es el relevo natural en este deporte.
Nueva recta final
Todos esos dorsales se repartieron los kilómetros de una mañana de abril bien pintada de verde. Pero la cima es otra cosa. Cosa de Cunego y Valverde. Los nombres que merecía el público. De primera. La Klasika, patrocinada por la BBK y EL CORREO, cogía altura. Cunego venía de ganar la penúltima etapa de la Vuelta al País Vasco; Valverde, de casa, de acostumbrarse a no ganar, a guardar fuerzas para el Tour. Cuando a kilómetro y medio de la pancarta de Montecalvo Cunego soltó su resorte, sólo Valverde pudo subirse al muelle italiano. Doble salto mortal. A dúo. Los dos mejores. Algo más veloz el murciano; con el punto de forma más afinado Cunego. Por eso subieron Autzagane desconfiando. Sobre todo, Valverde. Economista en cada relevo.
El CSC de Sastre y Schleck quería incorporarse a ese duelo. Todos sabían que la Klasika 2008 era distinta: la meta no cerraba el descenso de Autzagane. Era más larga, daba un rodeo por el barrio nuevo de Amorebieta. La ‘Primavera’ se prolongaba. Lo justo para que Carlstrom y Astarloza se sumaran al dúo delantero, frenado en la recta final por el viento y por las miradas cruzadas. Dos tipos letales. Cunego, ojos metálicos, tiró primero. Valverde buscó paso por la derecha. Allí, la valla hacía de frontera. Prohibido. Requiebro y hacia la izquierda. Tarde. No pudo regatear al italiano. En un sprint siempre hay varias clases de trayectorias. Cunego eligió la más corta: recto. Acertó. En la nueva meta de la Klasika le recibieron los aplausos que resonaban desde Montecalvo. Como siempre pasa aquí una mañana de abril.
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