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El puerto que olvidó Javier Otxoa

El hoy ciclista paralímpico regresa a Hautacam, donde triunfó en 2000 por delante de Armstrong, para recibir un homenaje del Tour.

VMT -13:21:05 - 14/07/2008

Así fue el relato de aquel lunes 10 de julio de 2000: "La nube volvió a golpearlo sobre la cara, las manos y las piernas con los líquidos latigazos de un chubasco helado y sin fin. Javier Otxoa, sin reservas, encontró consuelo en el público entusiasta, que le anunció el plazo final de la agonía: ‘¡Último kilómetro. Aúpa Javier!’. Sentado. Vacío. Pedaleando con los codos. Con la luces de los coches que por detrás abrían la niebla para Armstrong comiéndose el último minuto de ventaja del vizcaíno. Vía crucis en mil metros, en la cima de Hautacam. ‘No tendré una oportunidad como ésta’, pensaba, entre banderas y gritos conocidos. Por fin, tras una curva, aparece la meta. La emoción le puede. Llora sin lágrimas y lanza los brazos al cielo. Y allí encuentra el recuerdo de su visita a la Virgen de Unbe, a la que pidió suerte en el Tour. Se persigna y gana. Gracias a Ella por la tormenta, por la lluvia, por los 205 kilómetros, por los tres despiados puertos. Y gracias, sobre todo, porque el día en que Armstrong sentenció el Tour, Otxoa, ‘el lobo’ en euskera, sobrevivió al americano".

Fue el único. En la cuneta, a tres kilómetros de la cima, pateaba hacia la meta el otro Otxoa, Ricardo. Gemelos. A abrazarse. Siempre unidos. A disfrutar de una tarde que parecía imborrable en Hautacam. Parecía.

-¿Recuerda aquel día?

--No. No me acuerdo. Me lo han contado y lo he visto en vídeo.

Por esa respuesta de Javier Otxoa, el Tour le rendirá hoy homenaje en Hautacam. Para rescatar ese fragmento de su pasado. Al ex ciclista de Berango le arrancaron de un tajo su memoria a las cuatro de la tarde del 15 de febrero de 2001. Ingresó en la niebla. Un ‘Volvo’ arrolló a los hermanos ciclistas del Kelme en la autovía que va de Cártama a Málaga. Hasta ese impacto por la espalda, a Javier y a Ricardo sólo les diferenciaba un centímetro: 1,83 metros de altura para uno y 1,82 para el otro. Calcados. Nacieron al tiempo. Misma edad. Misma cara. En paralelo. Hasta que allí les separó el conductor del ‘Volvo’.

Ricardo falleció en ese kilómetro, a los 26 años. A Javier estuvieron a punto de desenchufarle de la máquina que le mantenía vivo en la UVI. Su padre se negó. Resistió pese al pesimismo de los médicos. Hoy, Javier tiene ya 33 años. Otra vez superviviente. Su familia ya había encargado un nicho junto al de su hermano en el cementerio de San Vicente (Barakaldo). Cuando, tras 62 días en coma profundo, despertó en una camilla de hospital, preguntó: "¿Y Ricardo?". El hilo invisible que une a los gemelos. "Siempre pienso en él", dice.

En aquella carretera, Javier perdió a su hermano, y también la memoria y buena parte de su vida. Regresó distinto. Desnortado. Con su condición innata: sobreviviente. Ese momento, el del despertar, lo narró su otro hermano, el mayor, Andoni Otxoa: "Yo estaba con un amigo en la habitación del hospital. Hablábamos de la película ‘Torrente II’. Recordábamos alguna de las bromas de Santiago Segura cuando Javi comenzó a sonreír. Nos quedamos pasmados. Fue la primera vez que supimos que nos oía. Empezamos a comunicarnos: si cerraba dos veces los ojos, era ‘no’; una vez, era ‘sí’". El código del regreso.

Era otro ‘Javi’. Más frío. Nunca lloraba. Ni en las visitas a Ricardo, al cementerio con las flores. Sin memoria y sin ganas de recordar. Herencia de los siete coágulos que bloquearon su cerebro.

La última foto

En Hautacam empezó a ganar un Tour Induráin y luego comenzó a perder el de 1996. Allí también venció Javier Otxoa en 2000. Ciclista profesional hasta el 15 de febrero de 2001. Unos días antes, para preparar la fiesta del día 14 -la noche de los enamorados-, él y su hermano habían subido a Sierra Nevada con las novias. Risas y bolas de nieve. De esa mañana es la última foto de Ricardo. La del Javier ciclista data de antes: del 10 de julio de 2000. De Hautacam, donde hoy vuelve el Tour. Ahora, las instantáneas son de un ciclista paralímpico. Que se entrena por Málaga, ilusionado con su nuevo oficio. Que no tiene miedo a otro atropello porque detrás siempre le guarda el coche de su padre. Que necesita ir con alguien para recordar el camino de vuelta. Pero que pedalea sobre su segunda vida: la que dura ya siete años desde el atropello. Y se dirige con su nueva bicicleta, la del Saunier Duval, a los Juegos Paralímpicos de Pekín. A ganar medallas que sí pueda recordar.

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