
Con 30 años y una dilatada carrera en el mundo del mountain-bike, el australiano podría ser el líder del ProTour al terminar la Vuelta.
Vocento VMT -10:27:24 - 17/09/2007
Probablemente no haya pensado mucho en ello, o quizá nada, y menos después de lo sucedido este domingo en Granada, pero lo cierto es que Cadel Evans podría convertirse el próximo domingo, en Madrid, en nuevo líder del UCI ProTour.
La clasificación la lidera actualmente el italiano Danilo Di Luca, con 242 puntos, seguido de Alberto Contador, con 191, y Alejandro Valverde, con 190. Ninguno de esos tres corredores va a tener muchas posibilidades de sumar más, salvo Di Luca, si aguanta hasta las clásicas de final de temporada. El cuarto clasificado es Cadel Evans, con 174.
El australiano, si lograse meterse en el podio de la Vuelta, completaría una campaña de lo más llamativa. Desde que lo logró Joseba Beloki, descalificaciones por dopaje al margen, en 2002, nadie lo ha vuelto a conseguir. No lo va a tener fácil, pero está en la pelea.
Evans llegó al ciclismo de carretera procedente del mountain-bike, al equipo Saeco, en 1999, después de destacar en esta especialidad a nivel mundial.
Le costó mucho adaptarse. No sabía correr en grupo, ni tampoco entendía muy bien los abanicos. Tenía 24 años y muchas carencias, pero llamaba la atención en él la fuerza que atesoraba, tanto subiendo como en las contrarrelojs. La explosividad que da el moutain-bike era una base que no se podía desaprovechar.
Corrió los Juegos Olímpicos de Atlanta, en 1996, en los que finalizó séptimo, y los de Atlanta en 2004, en los que terminó noveno.
En 2001, en su primera temporada a tiempo completo como profesional de carretera, logró seis triunfos, lo que llamó la atención de muchas formaciones. La Vuelta a Austria, el Brixia Tour, A través de Lausana son algunas de las pruebas en las que se impuso.
Le fichó el Mapei, el mejor equipo del mundo en aquellos años, en 2002. Corrió el Giro de Italia y estuvo un día vestido de rosa, algo que todavía no ha conseguido ni con el amarillo del Tour, ni con el jersey oro de la Vuelta.
Terminó decimocuarto un Giro en el que hubo muchos desfallecimientos, incluido el suyo. Luego llegaría al T-Mobile, donde se rompió, en dos años, tres veces la clavícula.
De su paso por ese equipo comenzó a acompañarle la fama de ser un corredor especial, muy centrado en sí mismo, individualista.
Esa forma de ser podría tener su origen en lo que le sucedió a los 14 años, cuando una coz que le propinó una mula le hizo estar varias semanas en coma, hasta que logró recuperarse.
Nacido en la localidad australiana de Katherine, Evans se ha convertido, como otros muchos ciclistas australianos, en un trotamundos, que ahora vive en Suiza, con su mujer, Chiara, que es concertista de piano.
Octavo en el Tour del año pasado, la desaparición de un buen número de corredores por asuntos de dopaje le ha permitido terminar segundo en el último Tour, detrás de Alberto Contador.
Mejorar en montaña no ha sido fácil para él, por su constitución, pero para poder sacar el mayor partido a sus dotes como contrarrelojista se metió en el histórico velódromo Vigorelli de Milán, con el fin de coger una buena cadencia de pedalada, mejorar su posición en la bicicleta e intentar sacar partido de la fuerza que atesora.
Broma pesada
Es muy perfeccionista. Su preparador físico es el italiano Aldo Sassi, con quien coincidió en el equipo Mapei. Él le marca sus entrenamientos.
Sassi ha intentado sacar partido de la potencia de 430 watios que arroja en una hora y le enseño a trabajar con el SRM. Ha ido mejorando poco a poco hasta llegar a la elite del ciclismo mundial.
De su llegada al equipo Mapei cuentan que cuando se presentó les dijo a sus compañeros, en un italiano bastante rudimentario, «que soy Cadel Evans, soy australiano y voy a ganar muchas carreras para vosotros, porque soy muy bueno».
Como los mecánicos del equipo tardaron mucho en montar su bicicleta lanzó las zapatillas de correr contra las ventanas del autobús.
Le gastaron una broma. Paolo Bettini le apretó los conos de la rueda de trasera, no se dio cuenta, y fue capaz de hacer en esas condiciones 150 kilómetros. Llegó al hotel reventado, congestionado, después de un esfuerzo bestial. No dijo nada.
Enamorado de los coches antiguos, tiene un Mustag, le gusta la buena comida y leer tebeos de Tintín. En el Predictor belga están contentos con él. Lo normal es que pague los esfuerzos del Tour en la última semana de la carrera.
El mes de agosto se lo pasó corriendo criteriums y viajando hasta Pekín(China), para conocer los recorridos de los Juegos Olímpicos.
Tiene cerca el triunfo en el ProTour, el hacer un doblete que desde hace cinco años nadie ha conseguido en Tour y Vuelta, pero nada parece preocuparle. Lo que nadie le verá nunca es atacar. Lo suyo es aguantar en montaña, donde no suele perder mucho tiempo con los escaladores y sacar tiempo en las cronos.
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