Lewis Hamilton provoca aullidos entre la colonia inglesa. Su cortesía en el trato y su carácter al volante han hechizado al mundo anglófilo, mayoría apabullante en la Fórmula 1.
Aúllan los periodistas emocionados cuando su perla adelanta a Massa y resiste a los ferraris en cada frenada. Saltan felices en el campamento McLaren, dominado por ingleses. Y aúlla por dentro, tragándose lágrimas, su padre, Anthony, un antillano que emigró a Londres en los años 50 para trabajar en el metro y que bautizó a su retoño en honor de un campeón: Lewis Carl por Carl Lewis, el fabuloso velocista y saltador, rey de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84. La estrella de Lewis Hamilton acababa entonces de nacer.