No es bien recibido José Mourinho en Barcelona. Tampoco en muchos otros sitios, pero especialmente en la Ciudad Condal, de donde salió por la puerta de atrás y a la que ha regresado siempre con aire chulesco.
Ayer volvió a Barcelona con la expedición del Chelsea para preparar la vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones, y tuvo un recibimiento especial. Unas treinta personas esperaban el avión del conjunto inglés y se encendieron al ver al técnico portugués: «¡Traductor, traductor!», le gritaban. Su autobús, incluso, recibió el salivazo de algún aficionado demasiado exaltado.