Su padre le metió el gusanillo del tenis a los ocho años y desde ahí empezó a crecer. Tenía una potente derecha y un revés excelente, pero cuando podía haber dado el salto definitivo a los primeros puestos del ranking (el mejor que ocupó fue el 33 en 2004) se le diagnosticó desidrosis soriática, una rara enfermedad que afectaba a sus manos produciéndole un fuerte dolor y heridas en ambas extremidades.
Incluso siendo una enfermedad crónica y a pesar de tratarse de una tenista, María Antonia no se rindió. Lo asumió y aprendió a vivir con ello. Tenía 22 años.