Finalmente fue el Nacional quien incorporó a sus filas a un diamante en bruto de tan solo diez años que, seis después, y tras una exhaustiva prueba que duró tres días, daba el salto a uno de los grandes del país: el Sporting de Lisboa.
Con los Dragoes se formó como futbolista y persona. El club lisboeta puso a su disposición un equipo de educadores que se encargaron de encauzar la personalidad díscola del futuro ídolo. Del fútbol apenas se preocuparon porque sabían que la calidad de sus piernas nunca se perdería.
Jóvenes y sobradamente preparados: