
Tras el pitido final del colegiado, todo ocurrió en un solo instante. Primero, la fiesta; luego, el júbilo; y finalmente, el éxtasis. Todo casi a la par, con un fondo de ensordecedoras tracas y al grito unánime de todo el estadio.
VMT -09:52:30 - 05/04/2006
Y es que la fusión entre afición y jugadores fue más estrecha que nunca al término del encuentro. Nadie de los 23.000 espectadores que abarrotaban El Madrigal quiso abandonar su localidad y perderse la fiesta que se vivía en la grada y en el césped, y que posteriormente se trasladó a las afueras del estadio y hasta las entrañas de la ciudad misma. Nadie durmió anoche en Villarreal, una ciudad inmersa más que nunca en la locura colectiva. Por su corazón corría sangre amarilla.
Todo comenzó cuando se vislumbraba el final. Los gritos y las felicitaciones se compartían con el compañero de asiento. Los jugadores se vieron obligados a abandonar los vestuarios para volver a salir al campo y ser vitoreados como se merecían. No era para menos. La ciudad, capital de la cerámica española, daba forma así al merecido homenaje al equipo.
Todos los miembros de la expedición amarilla, jugadores, técnicos, etc parecían haber entrado en éxtasis, conmocionados por la satisfacción del logro conseguido. Y agradecían el apoyo que la afición les había brindado en su periplo por la euforia. El presidente Fernando Roig parecía con la vista perdida, con la boca entreabierta, disfrutando ante el delirio de El Madrigal. "Es muy grande que el Villarreal esté en semifinales, pero no renunciamos a nada. Nuestra ilusión es seguir haciendo historia, llegando más lejos a ver qué pasa", y no quiso olvidarse de nadie al afirmar que "esto es algo que hemos logrado entre todos, los aficionados, los jugadores y todos nosotros. Es la demostración del trabajo bien hecho, de la ilusión, de las ganas que hemos tenido todos hoy", afirmó casi levitando.
Manuel Pellegrini, entrenador del Villarreal, interpretó a la perfección lo que se estaba viviendo: "Esto no es un sueño, ni un milagro, es el fruto del trabajo y la convicción", y añadió que "se ha formado un plantel bueno de jugadores y se le ha dado fe para jugar contra cualquier equipo. Salimos a la cancha con convicción y personalidad".
Entre tanta euforia destacó la cara de Sorín, cuyo párpado había sido cazado por Materazzi. Su ojo estaba completamente cerrado por la hinchazón. El centrocampista argentino, haciendo valer la máxima futbolística de que lo que pasa en el campo debe quedar en el campo, explicó que "no sé qué ha pasado pero cuando me he dado cuenta estaba en el suelo sangrando. Me ha dado bronca porque me he perdido el mejor momento del partido". Pero por encima de esto estaba su euforia: "Llegar a semifinales es una demostración del trabajo, la solidaridad y las ganas de este equipo". Eso sí, Verón se encaró con él al final del encuentro y tuvieron que llevarse casi amarrado al jugador interista. Eso es tener mal perder.
El largo control antidopaje de Riquelme
Exultante estaba también Arruabarrena, autor del gol que sumió en el delirio a la afición amarilla: "Defensivamente el equipo trabajó muy bien y muy concentrado. Ofensivamente tuvimos las ocasiones más claras". Mientras, Riquelme, el héroe, pasaba un control antidopaje que se prolongó una hora y media. Y es que la euforia impedía la necesaria relajación del jugador.
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