
A Joan Laporta se le han acabado los argumentos para mantener a Frank Rijkaard al frente de la nave. Sólo el presidente defiende esta causa perdida y lo hace por fidelidad, por mantener intactos sus principios.
VMT -07:47:09 - 01/04/2008
Ni siquiera él confía plenamente en el técnico que, ante todo, es su amigo y le duele en el alma ejecutarle, pero sabe que este ciclo ha llegado a la parada de destino mucho antes de lo esperado. De hecho llegó el año pasado, justo cuando Samuel Eto"o escupió veneno en un ataque de sinceridad. Nadie tomó cartas en el asunto y el conflicto se ha salido de madre.
Con la Liga otra vez a siete puntos, y sin que nadie confíe ya en un nuevo regalo del Madrid -el problema es que el Barcelona no lo sabe aprovechar-, la «Champions» pasa a ser la única esperanza azulgrana. Europa no admite errores y le queda el consuelo al Barça de saber que responde siempre que suena la musiquita de la Liga de Campeones. Es a lo que se aferra Rijkaard, que resta los días como inquilino del banquillo del Camp Nou. Lo sabe y acepta resignado esta situación, asume que se le ha escapado de las manos. «Tengo dos días», captó una cámara de TV3 en boca de Rijkaard cuando Unzué le dijo en el aeropuerto «siempre en paracaídas». «Quería decir que llevo ropa para dos días», se justificó Rijkaard. Interpretaciones para todos los gustos...
Porque se da por sentado que no seguirá, por mucho que al final gane algo. Se ha terminado una era y con el entrenador saldrán un puñado de jugadores -entre seis y diez con Ronaldinho a la cabeza- que en su día impulsaron el círculo virtuoso de Laporta y que actualmente se consumen en la inercia de la autocomplacencia hasta llegar a extremos tan bochornosos y ridículos como el del sábado pasado ante el Betis, encuentro que acabó por decantar la balanza para los pocos indecisos que quedaban. Laporta tiene peso, pero no tanto.
A Rijkaard le quedan ocho encuentros de Liga y, seguro, dos de «Champions», uno de ellos esta noche en el majestuoso Veltins Arena, escenario seis estrellas para una cita de trascendencia máxima como lo es la ida de los cuartos de final. Como mucho puede dirigir trece en total si consigue llevar al Barça a Moscú, sede de la final, pero no más.
Ya ha empezado el carrusel de nombres y se intuye que tocan unos meses moviditos en «Can Barça», con portadas interesadas y con filtraciones teledirigidas. La sombra de José Mourinho es alargada y sirve para ilusionar a un sector de la Directiva y del pueblo, pero otro detesta la idea de ver al portugués al mando. Suena también Pep Guardiola, al que muchos consideran el hombre de futuro del Barça. Precisamente por este detalle se quiere ir despacio con él, no quieren que se desgaste antes de quemar las pertinentes etapas.
La intención es aguantar con Rijkaard hasta final de temporada y aprovechar estos dos meses para trabajar en el nuevo proyecto. Nadie quiere que se repita lo que sucedió el pasado curso, en donde se camufló con tiritas una hemorragia. Eso sí, ojo con el resultado de hoy, pues una hecatombe podría avanzar acontecimientos. El Schalke, equipo deseado por todos cuando entraron las bolas de los cuartos, tiene la palabra. El Barcelona se ha quedado sin voz.
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