
El Valladolid remonta el gol inicial del Zaragoza con nueve minutos inolvidables liderados por el extremeño, que salió al campo por Sisi en el minuto 24.
Vocento VMT -09:22:33 - 05/11/2007
Hasta en los triunfos toca sufrir. Ni la magia de Víctor, que revolucionó un partido que iba cuesta abajo, ni la buena actuación defensiva del equipo evitaron que se llegara al minuto 90 con el nudo en la garganta. Ni un 1-3 es cómodo para un equipo al que le han remontado siete veces. Así que cuando Diego Milito marcó el segundo, en el minuto 90, a los blanquivioletas les entró pánico. Cuesta quitarse de encima la sombra de Mallorca o de Pamplona. Esta vez, sin embargo, se defendió con inteligencia y se consiguió conservar la ventaja. La segunda vez en lo que va de campeonato.
No iba el partido como para eso, desde luego. La arrancada, tras un pequeño intercambio de golpes, parecía conducir a una goleada fácil del Zaragoza. Óscar, Diego Milito, Oliveira y Sergio García, con el respaldo de Luccin y Gabi, eran un arsenal más que una delantera. Y Aimar y D"Alessandro en el banquillo. Una pléyade de nombres capaz de asustar sobre el papel y sobre el césped, al menos mientras jugó coordinadamente. La movilidad de los cuatro de arriba desestabilizó al Valladolid, que por momentos perdió el rumbo. No tenía ideas ni arriba, donde apenas tuvo dos acercamientos nada más empezar, ni en defensa, donde era presa fácil. El Zaragoza acertaba a jugar entre líneas y el Valladolid se resentía.
El panorama olía a desastre. Y podía haberlo sido si no fuera porque Oliveira ejerció de chupón a la antigua usanza. Diego Milito le envió un pase tras un error de Marcos y se encontraron los dos arietes contra Pedro López. Bastante hizo el lateral con ponerse en medio. El resto lo hizo solo Oliveira. Se empecinó en que tenía que tirar él como fuera, y lo hizo cayéndose de culo y directamente fuera. La bronca de Diego Milito fue descomunal, casi más intensa y más descarada que la del público. En todo caso se veía venir el gol maño, porque el Valladolid era incapaz de contener sus ataques. Y lo hizo, para redimirse, Oliveira, aunque con mucha suerte. Su disparo era un churro que se convirtió en gol porque pegó en García Calvo. Es la tercera vez que eso ocurre esta temporada. Ya estaba servido el gafe y finiquitado el partido.
Cambio providencial
Todo cambió con una decisión. La tomó Mendilibar en el banquillo. Puso en liza a Víctor y quitó a Sisi. Era el minuto 24. En el 33, diez minutos después, el Valladolid ganaba por 1-3. ¿Qué ocurrió en esos nueve minutos? Pues que el equipo blanquivioleta se enganchó al que fue su líder la temporada pasada y arrolló al Zaragoza. Comenzó el festival con una pared entre Sesma y Víctor que culminó el extremeño con una vaselina preciosa al palo. Un minuto después, Llorente conectó con Víctor con un pase elevado y el media punta marcó un gol de los suyos, al primer toque y por encima del portero. En el minuto 30, Álvaro Rubio buscó a Kome en la banda y su centro lo remachó Víctor. Y en plena euforia, con el Zaragoza atónito y el Valladolid encumbrado, Álvaro Rubio se disfrazó de Messi y marcó uno de los goles de la temporada. Un par de regates en corto, tres rivales que se quedan atrás y un toquecito, tic, para superar la salida de César.
No era un sueño, era una resurrección. Volvía el Valladolid de la temporada pasada. Las líneas se apretaban en el centro del campo, colapsaban las ideas del Zaragoza y provocaban el desconcierto del rival. Todo funcionaba, pero llegó el descanso. Y el Zaragoza tenía con qué cambiar el partido. Sacó a Aimar y a D"Alessandro, que se unieron entonces a Óscar, Sergio García y Diego Milito, con Gabi por detrás como escudero. Llegaba el aluvión. Hubo jugadas polémicas, caídas en el área, balones colgados y penetraciones peligrosas. Y mientras el Valladolid desperdició unos cuantos contragolpes, especialmente uno de Sesma en un tres contra uno que acabó en nada. Encajar un gol estaba prohibido. Había que salvar el resultado como fuera, y Mendilibar movió el banquillo para conseguirlo. Jugó con tres centrales, con Baraja, Rafa y García Calvo, y con Borja junto a Vivar Dorado. Resultó hasta el minuto 90, cuando Diego Milito hizo el 2-3.
El susto era tremendo. El Zaragoza, envalentonado, se lanzó a por los cuatro minutos de prolongación. El Valladolid se aferró de nuevo a Víctor. Escondió el balón, buscó a Kome, peleó para defender y fue el eje del equipo durante esos minutos de incertidumbre, nervios y miedo. Había que atrapar este triunfo. Había que defender como fuera, sacar el balón, despejar, robar y ganar, al fin ganar, el segundo partido del campeonato. Ante un equipo potente y en su estadio. Sí o sí. Y esta vez se logró. Más que un respiro. Una bocanada.
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