
Este país es así. Y como los críticos somos de este país, también somos así. Andamos, ahora, casi todos revolucionados con las nuevas prestaciones de Raúl.
VMT -10:57:21 - 23/09/2007
Tres goles en cuatro partidos han iluminado la estela del gran capitán. ¡Raúl vive!, se proclama. Aunque la conclusión sea que no es que haya resucitado, sino que no estaba muerto. Era humano. Estaba en crisis. La de los treinta con un par de años de adelanto. Una constante en su vida esa de ir por delante a su tiempo. Por eso debutó con 17 años en el Real Madrid. Y con 20 en la selección. Siempre fue un adelantado. Un privilegiado. Y hasta en los malos momentos demostró serlo.
Nos habíamos acostumbrado a convivir con ese Raúl que siempre estaba ahí, en el momento justo y en el sitio adecuado. Ese Raúl que nunca se lesionaba. Ese Raúl que como profesional sacaba matrícula y futbolísticamente no era un diez en nada, pero cabalgaba sobre el notable en casi todos los conceptos, sobre todo en el más importante: su rendimiento. Tanto individual como colectivo.
Pero resultó que llegó el día que, como cualquier delantero que se precie, comenzó a no llegar a esos balones a los que antes llegaba. Su cuerpo no respondía como antes a las exigencias del guión. Estaba rodeado de tantas estrellas que la suya se fue apagando casi por inercia. Además, se lesionó -el percance más grave de su carrera-.
Un delantero puro
Ahora parece haber recuperado el protagonismo perdido y no por casualidad, aunque sólo el tiempo dirá si puede ser un espejismo. Raúl vuelve a ser Raúl, cuando el Real Madrid quiere ser de nuevo el Real Madrid. Raúl fue uno más en una etapa de plena confusión futbolística de su equipo. Sin retroceder a la época de Luxemburgo y centrándonos en la temporada pasada con Capello, Raúl cometió el error de pensar más en el equipo que en él. Le pudo el egoísmo de jugar todos los partidos, aunque en todos los partidos se sintiera terriblemente infeliz. Calculó mal.
Pensó que si con 20 años había podido hacer lo que le pidió Capello en su primera etapa, jugar en la banda izquierda y además llegar al área y marcar 21 goles en la Liga, ahora podía hacer lo mismo. No fue así. En la derecha, en la izquierda, persiguiendo laterales, interviniendo en la elaboración del juego, perdió una energía que le impedía hacer lo que siempre había hecho: gol. Y no hay que engañarse. Raúl es delantero. Y un delantero sin gol no es nadie.
Varios amigos le dijeron que se plantase, que le dijera a Capello que prefería no jugar antes de hacerlo lejos de su hábitat natural, el área. No lo hizo, que se sepa. Tuvo que ser el técnico, en un momento de inspiración, quien en los últimos partidos, con el título en juego, le sacara del suplicio de las bandas y le colocara cerquita de Van Nistelrooy, que bien que se aprovechó de ello en su postrera racha anotadora final.
Comienza esta temporada. Schuster le pide públicamente que le eche una mano dentro del vestuario y como prueba de buena voluntad le concede arrancar como titular... de delantero. En su puesto. Ya como hombre más adelantado, o como segundo punta, porque a lo largo del partido se intercambia constantemente la posición con Van Nistelrooy. Ahora Raúl corre infinitamente menos, no persigue centrales. Presiona o tapa en el repliegue como debe hacer un delantero, pero no achica balones en su área ni corre como pollo sin cabeza -Toshack dixit- por todo el campo sin tocar el balón, como hacía la temporada pasada. Antes tenía que defender primero para atacar después y volver a defender en la siguiente jugada.
Ya no. Ahora ataca. Además, su equipo quiere el balón y lo juega. Las líneas están más juntas. El bloque no se parte en dos y no busca la contra por sistema, sino que quiere ser protagonista. Y nada mejor para un delantero que un conjunto que vaya al frente por costumbre. Que entre por dentro y por fuera. Ahora los demás trabajan para él. No sólo él para los demás.
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