Italia no olvida la memoria de Pantani
El 14 de febrero de 2005 el mundo del deporte recibía una terrible sacudida: Marco Pantani aparecía muerto en un hotel de Rímini, una zona turística en la costa del mar Adriático que se convierte en un desierto de cemento y luces en los meses invernales, un lugar anodino.
Su vida, sus grandezas y sus miserias se convirtieron en un escaparate público que arrojó demasiado lodo sobre una de esas personalidades del deporte que trascienden lo meramente deportivo para convertirse en un mito.
Italia adoraba, y sigue haciéndolo, al ciclista que les devolvió a un primer plano mundial ganando el Tour de Francia y el Giro de Italia en 1998.
Marco Pantani, sobre todo, y Mario Cipollini despertaban pasiones entre la gente, fuesen o no aficionados al ciclismo. Italia, el mundo del ciclismo, lloró su muerte. La vida de Marco Pantani ha dado ya para varios libros y también la primera película, que se estrenará hoy, en horario de máxima audiencia, en la primera cadena de televisión italiana, la Rai, a las 21.10.
El Pirata-Marco Pantani son cien minutos de emociones, de sollozos, de alegrías, de recuerdos, de gestas deportivas, también de su bajada a los infiernos, con imágenes duras, como las de Madonna de Campiglio, donde superó la tasa de hematocrito del 50% y apareció rodeado de los carabinieri, en unas secuencias que dieron la vuelta al mundo.
Rodar con sus gregarios
Desde entonces nada sería igual para él. Un actor de 37 años llamado Rolando Ravello ha dado vida a Marco. Ha tenido que cubrir 3.500 kilómetros en bicicleta para que su piel se pareciese algo a la del ciclista. Ha rodado en Cesenatico, el lugar donde nació y vivió Pantani, en Madonna di Campiglio...
Ha estado rodeado de muchos de sus gregarios, los corredores que permanecieron fieles a él durante muchos años.
El director de la película, Claudio Bonivento, ha dicho que «creo que Marco fue una víctima y al final estuvo abandonado por todo el mundo».
Ravello, que consigue un gran parecido con Marco Pantani, es totalmente creíble, ha dicho que «he realizado a la vez un bello y terrible viaje. He sido afortunado por tener acceso a la vida de Pantani, a sus recuerdos, a la gente que convivió con él».
El actor italiano ha manifestado que «he usado las bicicletas con las que él corría, he rodado con sus compañeros. El primer día que me monté en su bicicleta, miré a sus ex compañeros Marcello Siboni y Fabiano Fontanelli a los ojos, y observé que me miraban. Yo estaba intentado copiar los gestos de Marco. Ellos me miraban y me dijeron, 'sabes que lo hacía de esa manera'. Era lo mejor que podían decir».
Después de todo lo que se dijo y lo que se escribió sobre Marco Pantani, con su familia hundida y totalmente abatida, la película ha respetado la memoria de lo que querían preservar sus padres, Paolo y Tonina.
Su madre, contenta
Ellos han sido los primeros que han visto la película en el museo dedicado a la memoria del corredor que se ha levantado en Cesenatico.
Su madre salió satisfecha de lo que vio: «Es una gran película que refleja lo que era Marco, su sensibilidad, las dudas sobre lo que sucedió en Madonna di Campiglio, donde está claro que ocurrieron cosas extrañas. Desde ese día mi hijo no fue la misma persona».
Hablar de Marco Pantani en Italia es adentrarse en un mundo en el que deben de medirse los pasos que se dan, las palabras, las situaciones, todo. La película trata de reflejar la vida del hombre, del personaje Marco Pantani.
Su cara deportiva la conocía todo el mundo, era pública. En esos 100 minutos se ve al niño Pantani jugando al fútbol, sintiendo los colores del Milán, al que le compran primero una bicicleta de color rosa, que luego tiene otra de color verde, que progresa en su vida deportiva, que llega a un gran equipo, que logra grandes gestas que acaban trascendiendo lo meramente deportivo.
El Pirata-Marco Pantani habla de sus sueños juveniles por triunfar en el mundo del ciclismo, su sentido de la justicia, su fuerza, sus debilidades. Pantani se alzaba sobre sus pedales en las grandes cumbres del ciclismo mundial como otras personas se levantaban de la cama para ir a trabajar.
No deja de lado el infierno que padeció en los últimos años, su caída en el mundo de la droga, los intentos de sus amigos, de su familia, por sacarle de un pozo que le conduciría a morir solo, en un hotel de veraneo.
La película dice a las claras que «yo no hice nada que no hiciesen los demás». Hay apariciones de personas que vivieron parte de la pesadilla de Pantani, como Felice Gimondi, el hombre imagen de la firma de bicicletas Bianchi que aparecía en Madonna di Campiglio, o del periodista Gianni Mura, que aparece haciendo su trabajo.
En un país que idolatra a sus grandes deportistas, a hombres como Gino Bartali, Vittorio Adorni, Francesco Moser, Felice Gimondi, Giussepe Saronni o Mario Cipollini, entre otros, la figura de Marco Pantani, su vida, su final, ha eclipsado a todos.
Ha trascendido del mundo del deporte para convertirse, con sus defectos y sus virtudes, en uno de los nombres que anidan en el corazón de los italianos, y de otras muchas personas, por encima de sus logros en la carretera. A Pantani le quería la gente llana, humilde, el pueblo, e Italia no le olvida tres años después del impacto que causó su adiós.