imagen

deportistadigital.com

 
Marco Fertonani
Marco Fertonani, de turista a ciclista

En el ciclismo, los sueños tienen distancia, Marco Fertonani soñaba desde muy lejos con ser ciclista. Era cicloturista, un loco de las marchas maratonianas. Con 26 años ya, y seguía creyendo en los cuentos. «Me gustaba ese espíritu agonístico de la bicicleta». Su hobby era sufrir en los grandes templos alpinos. Y en eso era de los mejores. Tanto que en 2001 un amigo de Urs Freuler, entonces mánager del Phonak, comenzó a dar forma al sueño de cualquier cicloturista. «Se decidió a llamar a Freuler, que me lo comentó a mí», recuerda Álvaro Pino, ex director de la escuadra suiza y hoy al frente del Karpin-Galicia. «Nos hablaron de un tío que subía mucho, pero que no tenía ninguna experiencia en carrera». Así era. Así es Fertonani: «La bicicleta es para mí más una pasión que una profesión». Ahora, en su sexta temporada en la élite, el corredor italiano es ya un profesional de ese sueño. Un ciclista de cuento.

Giro 2005. El acceso a la cima está restringido. Sólo vehículos oficiales de la carrera y cicloturistas. Da igual. La meta está copada. El cicloturismo es un campo de regadío en Italia. Floreciente. Todos los aficionados, con culotte y maillot, a la cuneta. Menos uno. Fertonani. El que había saltado en 2002 al ruedo, al asfalto con la montera del Phonak. El espontáneo que se divierte sufriendo. «La vida es bella. A veces pasan estas cosas. Mis hermanos se inscribieron en una escuela de ciclismo. A mí me iba más el baloncesto. Estudiaba y trabajaba. Hasta que descubrí las marchas cicloturistas de gran fondo». Un escalador genético. Pino lo acogió con dudas. Con curiosidad. «Es un caso único. Le pedimos que nos enviara sus entrenamientos. Vimos que tenía madera, pero que le iba a costar». Simplemente, no sabía -aún no sabe- sobrevivir en el pelotón. Le angustia la cercanía de otros dorsales. No sabe pedalear con los codos. «O va el primero o va el último». En el grupo, Fertonani es indeciso como un péndulo.

Pero fuerte. Dicen que ofrece exhibiciones sólo al alcance de elegidos. «En una Vuelta a Aragón, le mandé tirar a falta de 60 kilómetros para la meta en Cerler. Él solo. Y luego acabó con los mejores. Ahí me dije: 'Ojo' con Marco», recuerda el técnico gallego. Hace dos años, Pino recibió la llamada de Eusebio Unzúe, director del Caisse d'Epargne. Necesitaba un ciclista italiano. Cosas de patrocinadores. Le preguntó por Fertonani. Respuesta repetida: un gran escalador que se pierde en compañía, que no sabe rodar con el piloto automático; que baja 'cuadrado', desordenado; que gasta todo su nervio en los kilómetros de tregua. Le fichó.

Su única victoria

Al ciclista genovés le define bien su única victoria, ya con Unzúe al volante. «Fue en Navacerrada, que es una carretera ancha como una autopista, fácil para rodar. Era un día de niebla y por eso no había ni coches para las cámaras de televisión. Nadie le molestaba. Y ganó, claro». Marco es una fuerza ciega.

Y peculiar. «El ciclismo me permite hacer turismo». Ese es su origen, su fusión: cicloturista. También está cultivado: le faltan seis asignaturas para licenciarse en derecho. Las aprobará cuando abandone el sueño por el que rueda. «El ciclismo es una escuela de tenacidad. Es mejor hacer una cosa bien que dos mal», relató en 'La Gazzetta dello sport'. En el pelotón también aprende economía: «Aquí nadie regala nada. Hay mucha competencia». Instinto de conservación. «Cada año, muchos ciclistas se quedan sin equipo». Sin sueño. A él aún le quedan plazos que cumplir. Uno, en especial.

Se hizo cicloturista imaginándose en el Giro -«pasando en el pelotón junto a la casa de mis padres»-. En mayo lo hará. Una etapa concluye en la cima de Madonna della Guardia, un balcón sobre Génova, su ciudad. Todos los genoveses son peregrinos, devotos de ese lugar. Suben a pie o en bici por rampas del 16%. «Para pedir un deseo o dar las gracias. Es nuestro santuario». Fertonani no irá como turista, ni de cicloturista. Sí como ciclista. Le ha puesto esa fecha a la coronación del cuento en el que vive. No pide una varita mágica. «Mejor dos piernas mágicas». Soñador, pero economista.