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El Tigre, rey de la selva

Llega el Masters de Augusta, primer grande de la temporada, en el que Woods tratará de imponer su dominio mental para acercarse al récord de ‘Majors’ de Nicklaus.

VMT -14:04:05 - 07/04/2008

Abril es el primer mes del año que provoca un incremento de adrenalina en la creciente legión de aficionados al golf. Llega el Masters de Augusta (días 10 a 13), torneo que inaugura cada temporada el calendario de los grandes que completan US Open, Open Británico y PGA. Ya está aquí el ‘major’ de las tradiciones -chaqueta verde para el campeón, azaleas en el recorrido, monos blancos de los ‘caddies’...-, el sureño de la Georgia profunda, el más querido por los europeos entre los tres que se disputan en campos estadounidenses. La gran cita para un buen puñado de cualificados aspirantes. Pero, por encima de todo, el compromiso mayúsculo de Tiger Woods con la historia. Mientras los demás tratan de derrotarlo, él compite con el destino, tal es su increíble dominio en un deporte que convoca en el ‘tee’ del uno a 150 potenciales ganadores cada semana.

A los niños se les muestra siempre al león como el rey de la selva. En las calles verdes, el ‘rough’ espeso y la moqueta del ‘green’, el monarca luce las rayas del Tigre. Woods es un animal mediático o un icono publicitario, como lo fue Michael Jordan, porque ambos generan más dinero fuera del campo que dentro. Pero no se olvide que lo segundo es la consecuencia directa de lo primero. No habría anuncios sin esa capacidad competitiva y depredadora que hace levitar a Tiger dos palmos por encima del resto.

El Masters le llega en una sucesión natural de eslabones victoriosos. Woods ganó el último ‘major’, el PGA de agosto, y está empeñado en conquistar el ‘Grand Slam’ -los cuatro el mismo año- que ya ha enlazado en dos temporadas separadas por el filo del 31 de diciembre. Tiger es tan enorme que se le inventan obstáculos por el placer de ver cómo los salta. Entre 2001 y 2002 ganó el póker, pero se le exige -él mismo a la cabeza- hacerlo íntegramente en 2008. Una labor de titanes teniendo en cuenta la cantidad de golfistas de primerísimo nivel, entre los que se incluye el joven defensor del título -Zach Johnson-. Basta que sólo uno lo supere en cualquiera de ellos para obligarle a empezar de nuevo.

Le aguardan la historia y otro animal, el ‘Oso Dorado’. O sea, Jack Nicklaus. Esta estrella legendaria que mantiene la buena forma y diseña campos espectaculares acumula dieciocho grandes. El Tigre lleva trece, a razón de cuatro Másters y otros tantos PGA, tres Open Británicos y dos US Open. Apenas tiene treinta años, una edad precoz para un deporte que premia la madurez poco antes de los cuarenta.

Físico y mente

Woods aparcó la moda de jugadores barrigudos, aún los hay y muy buenos, que confiaban en la delicadeza de sus muñecas. Hizo del gimnasio un centro de alto rendimiento y apostó por identificar al golfista como otro atleta más. Su cuerpo trabaja como un muelle que se retuerce hacia atrás y se propulsa adelante para bombardear la pelota. Ahí estableció la primera diferencia, en su capacidad para jugar más largo que los demás. Raro es verle renunciar a alcanzar el ‘green’ de un golpe en los pares 4 cortos. Pero donde realmente se distancia del resto es en el poder de su mente. Recupera errores donde otros ponen la bola en juego; mete los ‘putts’ para ganar que sus adversarios dejan colgando del agujero. Quienes disputan con él la última ronda de un torneo confiesan que se sienten amedrentados por la superioridad de su gen competitivo.

Tiger destroza la bola y es preciso cuando debe serlo. Eso le basta para imponer el toque de queda. Porque, pese a su técnica sobresaliente, Woods no presume de lanzar la pelota más recta ni se muestra como el colmo de la elegancia. Su principal rival en Augusta, el corpulento zurdo Phil Mickelson, es un artista, una delicia sutil que carece de la fortaleza mental del Tigre. Entre ambos suman seis de los últimos Masters. No en vano, las casas de apuestas los marcan como favoritos. El triunfo de Woods se paga a dos euros el euro; el de Mickelson, a diez.

Les siguen en los pronósticos tipos de ‘swing’ rítmico y suave como los sudafricanos Ernie Els -todo sensibilidad- o Goosen, el fidjiano Vijay Singh, el canadiense Mike Weir, el australiano Scott, el irlandés Pedraig Harrington, el británico Justin Rose o el estadounidense Jim Furyk, un caballero de intachable espíritu deportivo y gran competidor con uno de los ‘swings’ más extraños que se recuerdan.

La teoría de la octava parte indica que los grandes se deciden en los nueve últimos hoyos del domingo. Hace falta llegar bien colocado a la recta de tribunas para esprintar con opciones de éxito. Y, particularmente, Augusta decide conceder rango de trascendencia al triángulo formado por los hoyos 11, 12 y 13. Es decir, un par 4 largo, un 3 corto y tenso y un 5 justito de metros, cuyo ‘green’ alcanzan los pegadores de dos tiros. Es la calle de las azaleas, las flores que embellecen un recorrido ya de por sí estético.

‘Riesgo y recompensa’

Porque preciosa es la imagen del campo a ojo de pájaro, desde un dirigible que lo muestra como el ejemplo perfecto de lo que en golf se denomina ‘riesgo y recompensa’. Algo así como el prosaico dicho del palo y la zanahoria, premio y castigo de todos los valientes. El domingo decidirá si Augusta valida la obsesión de Tiger, si concede una tregua a sus rivales en forma de chaqueta verde o si corona, por fin, a alguien de esa clase conocida como ‘mejores jugadores del mundo sin un grande’. Este club lo preside el escocés Collin Montgomery, ‘Monty’, un cuarentón de prontos explosivos que maneja los palos con la suavidad de una libélula. En el otro lado de la zanja figuran hombres que deben su prestigio a haberse impuesto en un ‘major’. Los estadounidenses Rich Beem y Shaun Micheel son buena prueba de ello.

Sea cual fuese el resultado, el Masters volverá a emerger como el primer mojón de la carrera 2008 por el ‘Grand Slam’. Lo hará con su marco de azaleas, ‘glamour’, chaquetas verdes y ‘caddies’ enojados por la obligación de vestir el inmaculado y demasiado cálido mono blanco con las letras de su jugador cosidas en verde a la espalda. Una prenda muy similar al chándal de Boston Celtics. ¿Hay algo con más poso tradicional en el deporte americano? Pues eso, que no.

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