
El sudafricano Trevor Immelman, sorprendente ganador en Augusta, es un jugador de la escuela ortodoxa que sacrifica el espectáculo por un golf preciso hasta la obsesión.
VMT -10:02:39 - 15/04/2008
Trevor Immelman, el sorprendente ganador del Masters de Augusta, creció rodeado de campos de golf. Ciudad del Cabo, la urbe sudafricana en la que nació hace 28 años -es de la quinta de Sergio García-, es un paraíso para los amantes de este deporte. El bullicio de la tercera localidad más poblada del país se transforma a pocos kilómetros en numerosos remansos de paz en los que miles de compatriotas dan rienda suelta a su afición por los hierros y las maderas. Muchos recintos, además, son públicos, con precios ‘razonables’. En esos rincones empezó a jugar el pequeño Immelman, un muchacho introvertido y ordenado que regresaba veloz a casa cuando terminaba los partidos para ver vídeos antiguos de una leyenda, Gary Player, el último sudafricano antes que él en ponerse la chaqueta verde, allá por 1978. "Me quedaba embobado viendo la televisión".
No perdió detalle de los golpes de Player pero, además, se fijó en su inigualable capacidad para mantener el temple en los momentos trascendentales. Aprendió que el golf es un deporte de cuerpo y mente, que una decisión equivocada puede dar al traste con horas y horas de entrenamiento. Y así comenzó a fraguar un estilo propio, basado en una precisión extrema, casi enfermiza. El juego de Immelman, el que le ha llevado a encumbrarse en Augusta, es pulcro, sólido, sin fisuras. Huye del espectáculo y apuesta por un golf ortodoxo, sinfónico, en el que todo encaja. Maneja las distancias como nadie y no le tiembla el pulso si tiene que jugar maderas cortas en hoyos largos, convencido de que corregirá la falta de metros con unas aproximaciones portentosas. Por eso su fuerte son los pares cuatro, los hoyos que ponen a prueba la habilidad de los jugadores con la madera y con los hierros a partes iguales.
Estancamiento
Su salto al profesionalismo, en 1999, resultó complicado, pero poco a poco fue haciéndose sitio gracias a una técnica impecable. Su progresión, sin embargo, se vio truncada por su incapacidad para aguantar la presión en los torneos de máximo nivel -el pasado año cerró en el puesto 55 su participación en Augusta, con 21 golpes sobre el par-. Un estancamiento que se agravó hace cinco meses, cuando acudió al especialista por unos problemas respiratorios y le encontraron un tumor en una costilla del tamaño de una pelota de golf. Por fortuna resultó benigno, pero la operación y la rehabilitación posterior le mantuvieron apartado de los campos durante una temporada. Algo sacó en claro de aquella amarga experiencia porque, tras superarla, emergió un Trevor Immerman más consistente desde el ‘tee’ y, especialmente, desde la calle. Ganó en juego mental, lo que le faltaba para dar el salto de la clase media a la élite.
"Fueron unos meses muy duros desde que me descubrieron el tumor hasta que me operaron e hicieron los análisis y todo fue negativo. Fue un gran alivio. También mi recuperación ha sido muy rápida. En seis semanas ya estaba jugando al golf. Lo peor es que, tras el parón, tuve que empezar de cero otra vez. Poco a poco mi juego fue volviendo y, aunque no pasaba cortes, me sentía positivo porque veía que iba mejorando lentamente", declaró el domingo tras proclamarse campeón. Su esposa Carminita, su amor desde la adolescencia, sabe como nadie lo que ha luchado su marido para enfundarse la chaqueta verde. A ella y a su hijo Jacobs se abrazó el golfista cuando embocó la bola en el hoyo 18 y firmó el mejor torneo de todos los participantes. Hubo lágrimas de emoción y también para descargar la tensión acumulada.
Y es que, antes del Masters, la última victoria de prestigio del sudafricano -habitual del Circuito Europeo- fue en el ‘torneo del millón de dólares’ de Sun City, a finales de 2007. Desde el domingo Immelman forma parte de la historia de Augusta. "Desde pequeño había soñado con esto".
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