
La rivalidad de perfil adolescente que mide al locuaz Jorge Lorenzo contra el introvertido Dani Pedrosa por la cima en el Mundial de MotoGP ha derivado en enemistad personal.
VMT -11:30:18 - 20/04/2008
El asunto obligó a intervenir al Rey en Jerez, pero ni la diplomacia regia ha amansado las aguas. No quieren saber nada el uno del otro. Una historia que suena recurrente en el deporte español. La de los enemigos íntimos. Estrellas del firmamento ibérico que tuvieron que compartir su fulgor en la misma época. Celos, intrigas, egos... Aquellos duelos del siglo pasado, de una España sumida en el aislamiento que tomaba partido por sus deportistas -Bahamontes contra Loroño en las bicis, Santana contra Gimeno al otro lado de la red, Carrasco y Velázquez a puñetazos en el ring-, dieron paso a otro tipo de cruces. Más enconados, menos imaginativos, más de colmillo retorcido.
Ciclismo. La competencia nació por la cuna, un castellano ante un vasco, la historia del ciclismo español. La Vuelta a España de 1957 fue la culminación de una rivalidad popular muy arraigada. Bahamontes perdió por un cúmulo de excentricidades y Loroño ganó aquella carrera. El Águila de Toledo se redimió como hombre-Tour. Venció en 1959 y conquistó seis reinados de la montaña.
Los Mundiales de 1995 estaban diseñados para otro récord de Miguel Induráin. Al oro en la contrarreloj le debía seguir el de la ruta. Pero se cruzó Olano, teórico gregario en estampida en la penúltima vuelta. El guipuzcoano ganó el título en Duitama (Colombia) por delante del ídolo de todos. Triunfo legítimo que derivó en un cisma en la calle. Induráin era el rey sin corona. Olano, el intruso. El desenlace provocó cientos de malentendidos entre ambos ciclistas, aunque la rivalidad nunca derivó en enemistad cerrada. Olano terminó fichando por el Banesto cuando Induráin anunció su retirada.
Rivales y amigos fueron y son Ángel Arroyo y Pedro Delgado. Pelearon por el Tour de Francia de 1983 llegando desde el anonimato, por sucesivas carreras en el mismo Reynolds, pero su buena sintonía perdura hasta la fecha.
Tenis. Manolo Santana, el precursor del tenis español, vivió una lucha virtual con Andrés Gimeno. Fueron coetáneos, pero apenas se midieron en la cancha por los límites del profesionalismo de la época. Más veces compitieron Manolo Orantes y Pepe Higueras. Dos especialistas en la tierra batida que no elevaron el tono de su rivalidad.
Todo lo contrario que el mayor cisma de egos del tenis español. Aconteció entre dos clanes: el de Sánchez Vicario y el de Sergi Bruguera. La enemistad entre ambos venía herededa. Los entrenadores de ambos, el colombiano «Pato» Álvarez y Lluis Bruguera, se odiaban sin ninguna cordialidad. La tensión derivó en batalla campal en Moscú. Manolo Orantes, el capitán español de la Copa Davis, citó a las dos familias para la eliminatoria contra Rusia en Moscú. Y puso al novato Sergi Bruguera como número dos por encima de Javier Sánchez Vicario, el hermano del «one» Emilio.
El cisco fue de órdago a la grande. España se mantuvo en la Primera división en feudo ajeno, pero la facción Sánchez Vicario pidió la cabeza de Orantes. Desde entonces, los Vicario y los Bruguera mantienen una distancia prudencial.
Motociclismo. A rebufo de los éxitos de Ángel Nieto, surgió una generación con gran empuje en los ochenta. El metódico, cerebral y paciente Sito Pons acampó en el Mundial de 250 con fuerza. Ganó dos títulos, en 1988 y 1989, con la calculadora como brújula. Atentaron contra su pujanza dos pilotos briosos, Carlos Cardús y Joan Garriga. Éste consiguió el subcampeonato de 1988 y su competencia resultó tan encendida que en un gran premio se salieron los dos al luchar por la victoria.
Luego Joan Garriga cayó por otra pendiente. Hace un par de años fue arrestado por relación con el tráfico de armas y drogas y condenado a dos años de cárcel. Pons ha prosperado como empresario. Tuvo un equipo de Moto GP, y para él corrieron entre otros Álex Crivillé, Carlos Checa, Alberto Puig, John Kocinski, Loris Capirossi, Álex Barros y Max Biaggi. Actualmente dirige una escuadra en el campeonato de España de velocidad.
Atletismo. Se parecían lo que un huevo a una castaña. El punto y la i. La cara y la cruz. Uno, reservado, circunspecto, sereno, paciente, cántabro. José Manuel Abascal. El otro, castellano, directo, locuaz, siempre un paso hacia adelante. José Luis González. Cuando escaseaban los atletas de primera fila en la España de los ochenta, ellos fueron a coincidir en la misma prueba, la reina del atletismo: los 1.500 metros.
Y ni en eso hubo correspondencia. Abascal era un atleta de tranco largo, de velocidad de crucero. Atacaba a seiscientos metros, en el ecuador de la prueba. González adoraba las carreras tácticas, gallinero sin alborotar hasta el final, donde imponía su impresionante final en velocidad. Abascal ganó un bronce olímpico en los Ángeles 84. González, una plata en el Mundial de Roma 87. ¿Quién fue mejor? La duda perdura hasta hoy.
Tantas diferencias derivaron en desencuentros personales. Del mismo signo que tuvieron Jordi Llopart y José Marín. Dos marchadores de campanillas, campeones olímpicos y mundiales, que no fueron capaces de separar sus diferencias privadas de su competencia en el asfalto.
Fórmula 1. Cuando este deporte era una décima parte de lo que ahora es, Luis Pérez Sala y Adrián Campos pugnaron por el mismo volante en el último equipo de la parrilla, el entrañable Minardi en el que debutó Alonso. Llegó primero el valenciano de la mano de Lois en 1987 y ambos compartieron escudería en 1988 por breve espacio. Nunca trascendió enemistad alguna entre ambos.
Más noticias de Motos