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FIFA WORLD CUP, Alemania 2006

 
  Italia, tetracampeona del Mundo

Lahn fué el mejor jugador de la selección alemana

Dicen, los entendidos, que el Mundial de Alemania 2006 ha sido el campeonato en el que no ha habido sorpresas. Los puestos de honor han sido para los de siempre. Los que siempre están ahí. Pero...antes de iniciarse el Campeonato del Mundo ¿alguien apostaba por una final entre Italia y Francia?. ¿Alguien podría haber imaginado a Cannavaro levantando el trofeo de Campeón del Mundo?.

Alemania, anfitriona y con el esperanzador sello de Jurgen Klinsmann, logró el tercer puesto del podio, dejando a Portugal como el convidado de piedra en una fiesta un tanto descafeinada por el tercer y cuarto puesto.

Brasil, una de las favoritas, se puede decir que pasó con más pena que gloria por tierras teutonas. Llegaron a octavos y se cruzaron con Francia, que les dio un auténtico repaso, poniendo en entredicho tanta calidad y tanto crack junto, hasta el punto de que el cuello de Parreira también empezó a entrar en todos los debates de cada rincón en Brasil.

Algo similar sucedió con la España del “Sabio de Hortaleza”, antes de llegar a Alemania, las expectativas, como siempre, eran máximas. Y la selección lo dejó claro desde el primer momento...goleada a Ucrania en el debut mundialista, se remonta a Túnez con oficio y se pasa el trámite de Egipto. Pero llegó la hora de la verdad, nuestra “bestia negra” particular, Francia, se vuelve a cruzar en nuestro camino y, una vez más, nos deja en la cuneta y con la ilusión de todos por suelos. ¡Lo de siempre!. Aunque en el ambiente se percibe que Luis Aragonés ha logrado cambiar la percepción sobre la camiseta roja.

Otras de las decepciones los equipos africanos. ¡Tan sólo Ghana logró pasar de la primera fase!. El “black power” se quedó sin gas a las primeras de cambio. Por el contrario, la Australia de Hiddink, “el milagros”, pasó a cuartos y ahí se quedo. La “canarinha” fue demasiado “canarinha” para el conjunto de los “canguros”.

Y llegó la final del Mundial

Italia conquistó el tetracampeonato, veinticuatro años después de vencer en el estadio Santiago Bernabeu, gracias a la fortuna en la tanda de penaltis que le sonrió por culpa de un disparo al larguero de Trezeguet y que rubricó el “desconocido” Grosso, a la postre héroe de la selección italiana.

Francia, por contra, llora el triste adiós de su última gran dinastía, la liderada por Zinedine Zidane, un rey que se marcha sin corona y con una notable deshonra tras ser expulsado por una agresión sobre Materazzi.

La selección “bleu” comprobó además los caprichos de este deporte. De un lado la madera respondió sus súplicas y envió dentro de la portería un penalti lanzado por Zidane en el inicio, y del otro, ese mismo larguero amigo le traicionó para siempre y repelió la pena máxima lanzada por Trezeguet y que supuso la derrota del cuadro de Domenech.

El triunfo italiano ya es indiscutible aunque los puristas reconozcan que no fue la que mejor versión ofreció en la final y ni siquiera la que derribó a grandes selecciones en su camino hacia Berlín, pero el triunfo en una final nunca se merece sino que se consigue, y el turno le correspondió a Italia.

Además, el país, sacudido por las trampas en el amaño de partidos, obtiene oxígeno, y retiene la credibilidad en un deporte aparentemente corrompido en su propio territorio, y que ahora abrirá el debate sobre esa posible amnistía, ese olvido en el que pretenden que caigan todos los trapos sucios.

Los transalpinos festejan ya un triunfo que les fue esquivo hace doce años, cuando perdieron la final del Mundial de 1994 ante Brasil, y se acercan al pentacampeonato carioca desde la otra esfera del fútbol, la de jugadores competitivos, que no regalan alegrías al contrario, y cuyo juego no seduce por su plasticidad pero sí por su eficiencia.

Zidane reclama la atención

El que estaba llamado a poner la guinda a su carrera, Zidane, llamó pronto la atención. El francés adelantó a su selección transformando una pena máxima con riesgo inusitado. Recordó el modo de Panenka y el balón describió además una parábola para añadir incertidumbre, tocar en la madera y batir a Buffon, rompiendo además su récord de imbatibilidad.

Zidane levantó el brazo, con los dedos apuntando al cielo y seguro de que el balón había entrado. Así fue y así lo reconoció Horazio Lizondo. El partido hasta entonces había estado dormido por la injerencia de Cannavaro en una carrera de Henry. El del Arsenal quedó un tanto conmocionado y con él el partido. Cannavaro, ya en la segunda parte, apunto estuvo de truncar el final de Zidane, subiéndose a sus hombros.

Italia, el icono de la seguridad defensiva, sufría en sus carnes los errores de Materazzi, el central sustituto de Nesta. El de Inter arrolló a Malouda en el área, de forma un tanto inocente, y el colegiado se cobró el penalti.

Pero Italia guardaba en este Mundial hueco para los secundarios. El testigo de Grosso le recogió el propio Materazzi para enmendar su error anterior. Inmenso el central, elevándose sobre el enorme Vieira para rematar un saque de esquina lanzado por Pirlo.

En sólo doce minutos, las mallas de ambas porterías, las más inaccesibles del campeonato, ya habían sido sacudidas. El partido de las defensas parecía girar al de los goles, pero el empate frenó las aspiraciones de ambas selecciones.

Italia exhibió más, sobre todo mientras Pirlo se convirtió en el eje del juego. A Francia, que no necesita tanto el balón, le bastaba con los detalles geniales de Zidane y la movilidad de Henry para lanzar sus particulares avisos a la meta defendida por Buffon.

El previsible choque entre dos equipos tácticos mostró también movilidad e intensidad, con dos estilos opuestos, uno desde la elaboración y la pausa, y el otro desde la verticalidad y la ocupación de espacios libres.

Carga de Francia

Francia mejoró sus prestaciones en el segundo acto. Revitalizó su fútbol aunque carecía de la continuidad en la labor de Zidane. Italia renunció definitivamente a la pelota, entregó el espacio y el ideario futbolístico mostrado en las semifinales ante Alemania.

Las principales bazas del oxigenado juego galo fueron las cabalgadas de Henry, pero siempre encontró a Cannavaro, el defensa del campeonato. El técnico italiano retiró al infructuoso Totti, y probó con Iaquinta, pero el peso de su tradición le fue marcando los pasos y paulatinamente se echó cada vez más atrás.

Superada la fogosidad gala en el inicio del segundo acto, y sin Vieira, lesionado, Francia perdió empuje y el partido se equilibró, lo suficiente para que hubiera un pacto de no agresión y se alargara el partido al tiempo extra.

En la misma, las dos versiones de un mismo fútbol. Zidane dispuso de la ocasión para bañar de gloria su retirada con un remate de cabeza que Buffon despejó a córner, pero minutos después cayó en la trampa y agredió tristemente a Materazzi, propinándole un cabezazo en el pecho, y ganándose una expulsión que ensombreció y de que manera su despedida.

Por allí se le empezó a escapar el encuentro a Francia, y luego la historia de los penaltis ya le fue esquiva y permitió a Italia coronarse campeona del mundo, por cuarta vez en su historia y quizá, como sucedió en 1982, cuando el país más lo necesita.

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