
El escocés se convierte en el mejor tenista británico desde Fred Perry. Es ahora el número 4 del ranking y quiere ser realmente el cuarto en la disputa que va a marcar los próximos años del tenis, junto a Nadal, Federer y Djokovic.
VMT -12:19:32 - 10/09/2008
Hay dos cosas predecibles en el comportamiento de la prensa sensacionalista de Londres en vísperas de una competición deportiva. Los reporteros convertirán a los suyos en unos héroes almibarados o ejemplarmente estoicos y habrá intentos de desestabilizar a los rivales retratándoles como personajes grotescos y sin alma.
Cuando llega el torneo de Wimbledon, el afán de encontrar un héroe propio llega al paroxismo, porque el torneo del sudoeste de Londres se presenta como la meca del tenis, y porque Fred Perry es el último británico que ganó el título individual de hombres, en 1936, y Virginia Wade, el de mujeres, en 1977.
En los últimos tiempos, la población así alimentada logró albergar la esperanza de que Greg Rusedski, nacido en Canadá pero reciclado deportivamente como británico, pudiese guiarla hacia la cumbre. Pero era Tim Henman el destinatario de los más encendidos deseos.
Era un héroe casi perfecto. Un chico inglés de Oxford, de buena familia, buen estudiante, para un deporte regido por los caballeros y damas del All England en Wimbledon y que despierta las pasiones del pueblo, sentado en el yerbín inclinado, la ‘Ladera Henman’, para ver, en la gran pantalla adosada a uno de los laterales de la Pista Central, a ‘Tigre Tim’ caer con gran deportividad en semifinales.
Problemas
Andy Murray, que se ha encaramado al número cuatro del ranking de la ATP tras eliminar a Rafael Nadal en semifinales del Abierto de Estados Unidos y de perder la final contra Roger Federer, que es el primer hombre británico que llega a una final del Grand Slam desde Fred Perry, entró en el universo británico del tenis cuando la afición, y también los periódicos que se ganan lectores en los quioscos con letras muy gordas, decían adiós a Henman.
El nuevo héroe deportivo distaba del ideal. Para empezar, era escocés. No hablaba ‘el inglés de la reina’ de Henman, sino con toques guturales que no se asocian con un juego grácil de saque y volea. Murray parecía huraño cuando le exigían decir las cosas y dejarse sacar las fotos que se le piden a la esperanza británica de Wimbledon. Y, para rematar el trance, se enredó un día con una broma sobre su deseo de que la Inglaterra del fútbol mordiese el polvo en un campeonato del mundo.
Murray, siguiendo la moda editorial de publicar autobiografías de cuatrocientas páginas de deportistas de veinte años, aclaró en la suya, que llegó a las librerías poco antes del Wimbledon de este año, que él se siente británico y que aquello fue un malentendido, pero ya era posiblemente tarde.
También escribía sobre algo de lo que hasta ahora no había hablado. Él era uno de los alumnos de la escuela primaria de Dunblane, un bello pueblecito escocés, cuando un perturbado mató a tiros a dieciséis niños y a una de sus profesoras, antes de acabar con su propia vida. Murray contaba en el libro que le resulta difícil recordar aquello, que el asesino fue alguna vez en el coche con su madre, que todos le conocían.
Cuando, tras dos victorias en Doha y Marsella, en el principio del año, Murray comenzó a perder partidos con más facilidad y a enfadarse con gritos en la pista, muchos en su país pensaron que era la confirmación de la personalidad difícil del muchacho, que le lastraría para llegar a la cumbre del tenis. Aunque, cuando llegó a Wimbledon, algo parecía haber cambiado.
Cambio
Había cambiado, en primer lugar, su entrenador. Su madre, preparadora nacional del tenis femenino escocés, le entrenó hasta los 13 años. Pero Brad Gilbert, el americano que asesoró a Agassi y a Roddick, fue contratado para llevarle a lo más alto. No funcionó y, tras dos años, al final de 2007, Murray quedó en manos de un nuevo equipo.
Que ha transformado su preparación física y su dieta. El Murray que llegó a Wimbledon mostraba sus bíceps cuando ganaba un tanto muy disputado. Iba bien hasta que se encontró con un Nadal extraordinario, que jugó contra el escocés su mejor partido sobre hierba. La venganza llegó en Nueva York, con Murray, que ha ganado este año a ocho de los diez mejores clasificados de la ATP, batiendo finalmente a un Nadal a quien ya se le habían agotado las pilas.
Es ahora el número 4 del ranking y quiere ser realmente el cuarto en la disputa que va a marcar los próximos años del tenis masculino, junto a Nadal, Federer y Djokovic. Tras perder claramente con el suizo explicó con calma que cuando mete el 65% de sus primeros servicios gana los partidos contra los mejores y que ésa es su debilidad. Tras meter muchas horas de gimnasio y cambiar las cenas con patatas fritas por el sushi, Murray quiere centrarse ahora en el primer servicio.
Se siente optimista. Ha llegado a su primera final. Se ha clasificado para el Masters. Se siente cómodo...fuera de casa. Los británicos han vivido al fin la esperanza de una victoria en uno de sus deportes preferidos. Y han escuchado de nuevo a su héroe decir que el griterío americano de Flushing Meadows le gusta, que allí está el mejor público. ¿Y Wimbledon? ¿Es que a este Murray, ya casi campeón, no le gusta lo británico: el frenesí a lo Henman, la elegante claustrofobia del All England?
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