
Lloraban todos, el público, el graderío entero, los comentaristas atropellaban las palabras, y hasta los líneas cantaban el «out» con extrema congoja.
VMT -11:50:01 - 26/05/2008
A Guga Kuerten se le iban los últimos minutos frente a Paul-Henri Mathieu, que le estaba ganando la partida. Kuerten se llevó tres Roland Garros y cuando terminaba de labrar sus victorias dibujaba un corazón en el polvo de ladrillo para decirle al público parisiense lo que significaba en su alma. Para el torneo francés, Kuerten es su amor, su pasión, su jugador favorito, su enamorado...
Una lesión en la cadera le fue apartando primero del número uno, luego del «top diez» y posteriormente de la elite del tenis mundial. Este año, la organización le mandó una invitación al conocer la intención del brasileño de retirarse. Le tocó en primera ronda con Mathieu, el pupilo de Wilander que va a más cada año, y el francés, con su propio público en contra, le ganó en tres sets, 6-3, 6-4 y 6-2. También lloraba el propio Mathieu al final, y qué decir de Guga, hecho un mar de sollozos oculto en su toalla, los ojos enrojecidos mientras la grada bramaba emocionada: «¡Guga, Guga!», al tiempo que se les iba su corazón, su amado. Mathieu le saludó y se retiró, humilde, para que su rival recibiese el merecido homenaje.
El «Mago» vuelve del Averno
Mientras Kuerten se deslizaba, grandioso, hacia el baúl de los recuerdos, otro tenista intentaba, luchando contra sus propios fantasmas, salir de él. Guillermo Coria. «El Mago» vuelve hoy a Roland Garros (ante Robredo) y lo hace después de haber estado en el Averno, permanecer allí y quemarse hasta las cejas. Aquí fue donde comenzó su particular martirio en aquella final que iba ganando a Gaudio por dos sets a cero cuando empezó a acalambrarse y a dolerle todo. Tuvo dos bolas de partido y no las pudo materializar porque no podía con las piernas. Perdió ante su compatriota, otro ansioso como él, también angustiado con los fantasmas de su cabeza que le rondaban, y le siguen martirizando, en ese cerebro raro que tiene.
Coria no se levantó de aquello. Sufrió una operación en el hombro que le mantuvo lejos cuatro meses y cuando volvió ya no era el mismo. Dicen que el punto de inflexión fue el cambio de saque, que resultó ser un fiasco, un desastre de grandes dimensiones. Pero fue más que aquello. Algo se le averió en la azotea, se le cortaron los circuitos y empezó a perder partidos seguidos y de paliza. Lo dejó, se metió en psiquiatras, líos de dopaje por medicinas mal elegidas, y se fue al infierno, directamente al infierno.
Intentó volver varias veces, pero tuvo problemas físicos, mal las piernas, con dolores abdominales, y la cabeza sin acabar de arreglarse. Comenzó a jugar challengers, torneos que su enorme talento no podía admitir, y los fue perdiendo: Ostrava, Barletta, Nápoles, hundiéndose más y más: «Iba allí, ni sabía por qué, hacía el ridículo y me volvía al hotel pensando que era una vergüenza, que los directores de torneo que me habían invitado no merecían un tipo tan patético como yo». Luego volvió poco a poco, jugó bien, bastante bien, en Casablanca y hoy intentará de nuevo sacar su varita.
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